Entre naranjos, entre manuelas…

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En 1900 el escritor valenciano Vicente Blasco Ibañez, el novelista europeo más leído de su época, inspirado en una de sus  estancias en la Ribera Altatierra de las Naranjas Manuelas, escribió Entre naranjos.

El éxito de la novela fue enorme, tanto, que en los años 20 fue llevada a la gran pantalla bajo el nombre de Torrent en una producción de Hollywood dirigida por Monta Bell y con el debut americano de una jovencísima Greta Garbo.poster%20-%20torrent%20the%201926_011

La novela narra la historia de Rafael,  único hijo de una poderosa familia naranjera. Tras la muerte de su padre, un político sin escrúpulos corrompido por el poder, decide hacerse cargo del negocio familiar, la plantación y distribución de naranjas, así como continuar la carrera política emprendida por su padre.

Al contrario que éste, Rafael es un hombre culto y honrado, lo que no impide que en poco tiempo se convierta en un exitoso hombre de negocios y en político. A pesar del éxito, lo único que hace feliz a Rafael es estar junto a Leonora, una enigmática cantante de ópera que, tras varios años en Italia, regresa a la Ribera Alta para curarse de las heridas del pasado.

Leer Entre Naranjos, es viajar directamente a esta comarca valenciana, nuestra tierra, conocer nuestros huertos, nuestras tradiciones y literalmente empaparse del penetrante y embriagador aroma del azahar, que Blasco Ibañez describe con una prosa evocadora y poética.

Lea unos fragmentos de esta novela y saboree una Manuela: nada mejor que la pluma de Blasco Ibañez, y una de nuestra naranjas para sentir la sensualidad de este fruto tan solar.

Entre Naranjos

“Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, después de algunos meses de estancia en Madrid, permaneció un buen rato inmóvil en el patio, mirando los balcones del primer piso, las ventanas de los graneros –de las que tantas veces se había retirado de niño, advertido por los gritos de su madre–, y al final, como un velo azul y luminoso, un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha de oro los racimos de inflamadas naranjas.

Los huertos de naranjos extendían sus rectas filas de copas verdes y redondas en ambas riberas del río; brillaba el sol en las barnizadas hojas; sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de las máquinas del riego; la humedad de las acequias, unida a las tenues nubecillas de las chimeneas de los motores, formaba en el espacio una neblina sutilísima que transparentaba la dorada luz de la tarde con reflejos de nácar.entrenaranjos-portadath1

Era algo más que la belleza del campo lo que le atraía fuera de la ciudad. Cuando los rayos del sol naciente le despertaron por la mañana en el vagón, lo primero que vió antes de abrir los ojos fué un huerto de naranjos, la orilla del Júcar y una casa pintada de azul, la misma que asomaba ahora, a lo lejos, entre las redondas copas del follaje, allá en la ribera del río.

¡Cuántas veces la había visto en los últimos meses con los ojos de la imaginación!…

Muchas tardes, en el Congreso, oyendo al jefe, que desde el banco azul contestaba con voz incisiva a los cargos de las oposiciones, su cerebro, como abrumado por el incesante martilleo de palabras, comenzaba a dormirse. Ante sus ojos entornados desarrollábase una neblina parda, como si espesara la penumbra húmeda de bodega en que está siempre el salón de sesiones, y sobre este telón destacábanse como visión cinematográfica las filas de naranjos, la casa azul con sus ventanas abiertas, y por una de ellas salía un chorro de notas, una voz velada y dulcísima cantando lieders y romanzas que servían de acompañamiento a los duros y sonoros párrafos del jefe del Gobierno.

La misma visión se le presentaba por las noches en el teatro Real, allí donde la música sólo servía para hacerle recordar la voz del huerto extendiéndose por entre los naranjos como un hilo de oro, y en las comidas con los compañeros de Comisión, cuando con el veguero en los labios, retozándoles la alegría voluptuosa de una digestión feliz, iban todos a acabar la noche en alguna casa de confianza, donde no corriera peligro su dignidad de representante del país.

En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado; las cercas y vallados, de vegetación menos oscura, cortando la tierra carmesí en geométricas formas; los grupos de palmeras agitando sus surtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar el cielo, cayendo después con lánguido desmayo; villas azules y de color de rosa entre macizos de jardinería; blancas alquerías, casi ocultas tras el verde bullón de un bosquecillo; las altas chimeneas de las máquinas de riego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada.

Mirando Rafael en una hondonada las torres del ruinoso convento de la Murta , casi ocultas entre los pinares, evocaba la tragedia de la reconquista; lamentaba la suerte de aquellos guerreros agricultores, cuyos blancos alquiceles aún parecían flotar entre los naranjos, los mágicos árboles de los paraísos de Asia.

Leonora no era la misma de la noche de la inundación. Pasado el encanto del peligro, la novedad de la aventura, lo extraordinario de aquella entrevista, trataba a Rafael con amistosa calma, como a uno de los muchos que en la vida habían girado en torno de ella. Lo miraba como un mueble más de su casa, que todas las tardes venía a colocarse ante su paso; un autómata que se presentaba para pasar horas y horas contemplándola, pálido y emocionado, con el encogimiento de la inferioridad, contestando a sus palabras muchas veces con simplezas que le hacían reír. Su ironía y aquella franqueza de que hacía gala le herían cruelmente.

–Hola, Rafaelito –le decía muchas tardes al verlo llegar–. Pero ¿por qué viene usted con tanta frecuencia? Nos van a tomar por novios. ¿Qué dirá su mamá?

Y Rafael sufría cruelmente, se avergonzaba de sí mismo, pensando en lo que ocurría en su casa, en las iras que arrostraba para llegar allí. Pero le era imposible librarse de la atracción que sobre él ejercía Leonora.

Además, ¡qué tardes aquellas en que quería ser buena, cuando, cansada de pasear por el huerto, fastidiada en su carácter ligero y voluble, por la monotonía de los naranjos y las palmeras, se refugiaba en el salón, poniendo sus manos en el piano! Rafael, con el encogimiento de un devoto, se sentaba en un rincón, y contemplando los soberbios hombros, sobre los cuales ondeaban como plumas de oro aquella voz hermosa, que sonaba dulce y velada, mezclándose a los desmayados acordes del piano, mientras que por las abiertas ventanas entraba la respiración del huerto rumoroso bajo la dorada luz del otoño, el perfume sazonado de las naranjas maduras, que asomaban sus caras de fuego entre los festones de hojas.

Era Schubert, con sus melancólicas romanzas, el músico preferido; la dominaba en aquella soledad el encanto de la música triste. Su alma pasional y tumultuosa parecía desmayarse, enervada por el perfume de los naranjos.

Quiere usted saber más que todos los que me han conocido. ¡Qué sé yo si estaré aquí! Nadie en el mundo ha estado seguro de tenerme… Pero, no –continuó con gravedad–; si viene usted en primavera, aquí me encontrará. Pienso permanecer hasta entonces. Quiero ver cómo florece el naranjo; volver a mis recuerdos de niña: la única memoria de mi pasado que me ha seguido a todas partes. Muchas veces he ido a Niza, gastando un dineral, para ver florecer cuatro naranjos de mala muerte; ahora quiero embriagarme en la inundación de azahar de estos campos. Es el único deseo que me sostiene aquí…, estoy segura. Si vuelve usted para entonces, me encontrará.

23891Se vieron aún muchas tardes en el jardín, saturado del olor de las naranjas maduras. El inmenso valle azuleaba bajo el sol del invierno; las naranjas asomaban sus caras de fuego entre las hojas, como ofreciéndose a las manos laboriosas que las arrancaban de las ramas. En los caminos chirriaban los ejes de los carros, balanceando sobre los baches sus montones de dorado fruto; sonaban en los grandes almacenes los cánticos de las muchachas encargadas de escoger y empapelar las naranjas; retumbaban los martillos sobre los cajones de madera, y en oleadas de tráfico salían hacia Francia e Inglaterra las hijas del Mediodía, aquellas cápsulas de piel de oro repletas de dulce jugo que parecían miel de sol.

Leonora, en pie junto a un viejo naranjo, volviendo la espalda a Rafael, buscaba entre las apretadas ramas, empinándose sobre la punta de los pies, balanceando las arrogantes y graciosas curvas de su robustez esbelta.

–Mañana me voy –dijo el joven con desaliento.

Leonora se volvió. Había cogido una naranja y abría su piel con las sonrosadas y largas uñas.

–¿Mañana? –dijo, sonriente–. Todo llega por fin… Que tenga usted grandes éxitos, señor diputado.

Y acercando a su boca el perfumado fruto, clavaba en la dorada carne sus dientes blancos y brillantes. Cerraba los ojos con delicia, como embriagada por la tibia dulzura del jugo. Crujían los gajos entre sus dientes, y el líquido de color de ámbar rezumaba, cayendo a gotas por la comisura de sus labios carnosos y rojos. Rafael estaba pálido y tembloroso, como si le agitase un propósito criminal.

–¡Leonora! ¡Leonora!… ¿Y he de marcharme así?

Le enloquecía aquella boca impregnada de miel, y de repente, disparándose en él la pasión contenida y sujeta por el miedo, se abalanzó sobre la artista, la agarró con las manos y busco ávido sus labios, como si pretendiera beber el zumo que se deslizaba hasta la redonda barbilla.

–¡Eh! ¿Qué es esto, Rafael?… ¿Qué atrevimientos se permite usted?

Y con un solo impulso de sus soberbios brazos envió al tembloroso joven contra el naranjo, haciéndole vacilar sobre sus pies. Quedó el joven cabizbajo y como avergonzado.

El campo parecía estremecerse bajo los primeros besos de la primavera. Cubríanse de hojas tiernas los esbeltos chopos que bordeaban el camino; en los huertos, los naranjos, calentados por la nueva savia, abrían sus brotes, preparándose a lanzar, como una explosión de perfume, la blanca flor del azahar que como olorosa nieve, cubría los huertos y esparcía su perfume por los callejones de la ciudad; en los ribazos crecían, entre enmarañadas cabelleras de hierba, las primeras flores. Rafael se sentó al borde del camino, acariciado por la frescura del césped. ¡Qué bien olía aquello!

La violeta asustadiza y fragante debía de andar por allí cerca, oculta bajo las hojas. Sus manos buscaron a lo largo del ribazo las florecillas moradas, cuyo perfume hace soñar con estremecimientos de amor. Formaría un ramo para ofrecérselo a Leonora cuando pasase.

Por las rendijas de las ventanas, por debajo de las puertas, al través de las paredes, parecía filtrarse el perfume virginal de los inmensos huertos; aquel olor, que evocaba la visión de carnales desnudeces, acosaba con agudas punzadas su joven virilidad. Era el aliento embriagador que venía de allá abajo, después de haber pasado tal vez por los pulmones de ella agitando su mórbido pecho.

¡Ah los terribles recuerdos! Rafael se revolvía en la cama, creyendo sentir todavía en sus manos el contacto sedoso de las misteriosas interioridades tanteadas ávidamente en la fiebre de la lucha; se imaginaba tener ante sus ojos aquella rápida visión de nieve sonrosada, entrevista como a luz de un relámpago, mientras el iracundo pie le oprimía el pecho. Y revolviéndose entre las sábanas, rugía de pasión, mordiendo la almohada.

–¡Leonora! ¡Leonora!

Una noche, a fines de abril, Rafael se detuvo en la puerta de su cuarto con el mismo temor que si fuese a entrar en un horno. Estremecíase al pensar en la noche que le esperaba. La ciudad entera parecía desfallecer en aquel ambiente cargado de perfume. Era un latigazo de la primavera acelerando con su exaltación la vida, dando mayor potencia a los sentidos.naranjas-manuelas-sello

No soplaba ni la más leve brisa; los huertos impregnaban con su olorosa respiración la atmósfera encalmada; dilatábanse los pulmones como si no encontrasen aire, queriendo aspirar de un golpe todo el espacio. Un estremecimiento voluptuoso agitaba la ciudad, adormecida bajo la luz de la luna.

Rafael, sin darse cuenta de lo que hacía, bajó a la calle, y poco después se vio en el puente, donde algunos noctámbulos, con el sombrero en la mano, respiraban con avidez, contemplando el haz de reflejos sueltos, como fragmentos de espejo, que la luna proyectaba sobre las aguas del río.

Siguió adelante Rafael por las calles del Arrabal, solitarias, silenciosas, resonantes bajo sus pasos, con una hilera de casas blancas y brillantes bajo la luna, y la otra sumida en la sombra. Se sentía subyugado por el misterioso silencio del campo.

Su madre dormía descuidada; él estaba libre hasta el amanecer, y seguía adelante, como atraído por aquellos caminos serpenteantes entre los huertos, donde tantas veces había soñado y esperado.

Para Rafael no era una novedad el espectáculo. Todos los años presenciaba la germinación primaveral de aquella tierra, cubriéndose de flores, impregnando el espacio de perfume, y, sin embargo, aquella noche, al ver sobre los campos el inmenso manto de nieve del azahar blanqueando a la luz de la luna, sintióse dominado por una dulce emoción.

Los naranjos, cubiertos desde el tronco a la cima de blancas florecillas con la nitidez del marfil, parecían árboles de cristal hilado; recordaba Rafael esos fantásticos paisajes nevados que tiemblan en la esfera de los pisapapeles. Las ondas de perfume sin cesar renovadas, extendíanse por el infinito con misterioso estremecimiento, transfigurando un paisaje, dándole una atmósfera sobrenatural, evocando la imagen de un mundo mejor, de un astro lejano donde los hombres se alimentasen con perfumes y vivieran en eterna poesía. Todo estaba transfigurado por aquel ambiente de gabinete de amor iluminado por un inmenso fanal de nácar. Los crujidos secos de las ramas sonaban en el profundo silencio como besos: el murmullo del río le parecía a Rafael el eco lejano de una de esas conversaciones con voz desfallecida susurrando junto al oído palabras temblorosas de pasión. En los cañaverales cantaba un ruiseñor débilmente, como anonadado por la belleza de la noche.

Se deseaba vivir más aprisa; los sentidos se afinaban, y el paisaje imponía silencio con su belleza pálida, como esas intensas voluptuosidades que se paladean con un recogimiento místico. Rafael seguía el camino de siempre; iba hacia la casa azul.

Aún duraba en él la vergüenza de su torpeza; si hubiese visto a Leonora en medio del camino, habría retrocedido con infantil terror; pero la seguridad de que a aquella hora no podría encontrarla le daba fuerzas para seguir adelante. A sus espaldas, sobre los tejados de la ciudad, habían sonado las doce. Llegaría hasta las tapias de su huerto, entraría en él, si le era posible, y permanecería algunos minutos recogido y silencioso al pie de la casa, adorando las ventanas tras las cuales dormía la artista.

Era su despedida. Un capricho de romántico sentimentalismo, que se le había ocurrido al salir de la ciudad y ver los primeros naranjos cubiertos de aquella flor cuyo perfume había retenido en paciente espera a la artista durante muchos meses. Leonora no sabría que había estado cerca de ella, en el huerto silencioso inundado de luna, adorándola por última vez, despidiéndose con el dolor mudo con que se dice adiós a la ilusión que se pierde en el horizonte.

Avanzaba tímidamente al amparo de la ancha faja de oscuridad que proyectaban los naranjos, casi arrastrándose, como un ladrón que teme caer en una emboscada.

Salió a la avenida cerca de la plazoleta, y cuando entró en ella experimentó una impresión de sorpresa al ver la puerta entreabierta, al mismo tiempo que cerca de él sonaba un grito.

Se volvió, y en el banco de azulejos, envuelta en la sombra de las palmeras y los rosales, vio una figura blanca, una mujer que, al incorporarse, quedó con el rostro en plena luz: Leonora.

El joven hubiera deseado desaparecer, que se lo tragara la tierra.

–¡Rafael! ¿Usted aquí?…

Y los dos quedaron silenciosos frente a frente: él, avergonzado, mirando al suelo; ella, contemplándole con cierta indecisión.

–Me ha dado usted un susto que no se lo perdono –dijo al fin–. ¿A qué viene usted aquí?

Rafael no sabía que contestar. Balbucía con una timidez que impresionó a Leonora; pero, a pesar de su turbación, notó un brillo extraño en los ojos de la artista, una veladura misteriosa en la voz, que la transfiguraba.

–Vamos –dijo Leonora bondadosamente–, no busqué usted esas excusas tan raras… ¿Qué venía usted a despedirse sin querer verme? ¿Qué galimatías es ése? Diga usted sencillamente que es una víctima de esta noche peligrosa; yo también lo soy.

Y abarcaba con sus ojos, de un brillo lacrimoso, la plazoleta blanca por la luna, los nevados naranjos y los rosales y palmeras, que parecían negros destacándose sobre el espacio azul, en el que vibraban los astros como granos de luminosa arena. Su voz temblaba, tenía una opacidad suave, acariciaba como terciopelo.

Rafael, animado por aquella tolerancia, quiso pedir perdón; habló de la locura que le había expulsado de allí; pero la artista le atajó:

–No hablemos de aquella infamia: me hace daño recordarla. Queda usted perdonado, y ya que cae aquí como llovido del cielo, quédese un momento. Pero… nada de audacias. Ya me conoce usted.

Y recordando su viril apostura de amazona, segura de sí misma, volvió al banco, indicando a Rafael que se sentara al otro extremo.

–¡Qué noche!… Estoy ebria sin haber bebido. Los naranjos me emborrachan con su aliento. Hace una hora sentía que mi habitación daba vueltas, que la cabeza se me iba; la cama me parecía un barco en plena tempestad. He bajado, como otras veces, y aquí me tiene usted hasta que el sueño pueda más que la hermosura de la noche.

Hablaba con languidez, abandonándose, con temblorosa voz y estremecimiento del pecho, como se la angustiase aquel perfume, comprimiendo su poderosa vitalidad. Rafael la veía a corta distancia, blanca, escultural, envuelta en el jaique con que se cubría al pasar de la cama al baño; lo primero que había encontrado a mano al bajar al huerto.

Y bajo la fina lana delatábanse las tibias redondeces con un perfume de carne sana, fuerte y limpia, que, atravesando la tela, se confundía con la virginal respiración del azahar.

–No sé que tengo. Me siento morir…, pero con una muerte tan dulce…, ¡tan dulce!… ¡Qué locura, Rafael!… ¡Qué imprudencia habernos visto esta noche!…

Y abarcaba con una mirada suplicante, como pidiendo gracia, la noche majestuosa, en cuyo silencio parecía agitarse la vibración de una nueva vida. Adivinaba que algo iba a morir en ella. La voluntad yacía inánime en el suelo, sin fuerzas para defenderse.

Rafael también se sentía trastornado. La tenía apoyada en su pecho, una mano entre las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz de resistencia, y, sin embargo, no sentía el ardor brutal de aquella mañana, no osaba moverse, por el temor de parecer audaz y bárbaro. Invadíale una inmensa ternura; sólo ambicionaba pasar horas y horas en contacto con aquel cuerpo, estrechándolo fuertemente, cual si quisiera abrirse y encerrar dentro de él a la mujer adorada, como el estuche guarda la joya.

–¡Dios mío!, ¿qué es esto?… ¿Qué me pasa? Debe de ser el amor; un amor nuevo que no conocía… ¡Rafael!… ¡Rafael mío!

Y llorando dulcemente, oprimía entre sus manos la cabeza del joven, apretaba su boca contra la suya; echándose después atrás con los ojos extraviados, enloquecida por el contacto de los labios.

Estrechamente abrazados habían caído sobre el banco. El jardín rumoroso los servía de cámara nupcial; la luna los dejaba en la discreta sombra”.

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Naranjas Manuelas